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Introducción

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Érase una vez una ciudad donde los habitantes eran palabras. En este lugar, cada término poseía su propia vida, su propia voz y, sobre todo, su propia dignidad. Vivían en una armonía democrática perfecta, sabiendo que la comunidad necesitaba tanto de la fuerza de los vocablos grandes como de la sutileza de los pequeños. El pulso de esta convivencia se manifestaba, sobre todo, una vez a la semana. Cuando el sol bañaba los tejados, se celebraba el evento más importante: la Gran Reunión en la plaza del pueblo. Allí, la comunidad se juntaba para dar la bienvenida a las nuevas palabras que habían decidido mudarse a la ciudad. Las recién llegadas se presentaban ante sus vecinas, explicando no solo su significado, sino lo que pensaban aportar a la convivencia. «Vengo a traer un poco de frescura», decía una; «yo aportaré solidez en los momentos de duda», añadía otra. Esa geografía con alma estaba trazada con el cuidado de un jardín antiguo. Sus calles y plazas no tenían nombres al azar, sino q...